martes, 23 de junio de 2009

Por esas reflexiones desconcertantes

Incapaz como me siento en estos momentos de estudiar farmacología (para ser más concretos, repasar las hormonas tiroideas y los tratamientos sustitutivos para los cuadros hipotiroideos por segunda vez), he decidido compartir con vosotros, estimados colegas y compañeros, una reflexión curiosa que me rondaba por la cabeza hace un par de días. Así que ahí va.


Caminar resulta un alivio. Tal vez por eso lo intento hacer todos los días. Sin embargo, ayer me pasó algo interesante.

Caminaba por las calles que median entre la Facultad y mi casa y me pregunté por qué no me paraba en mitad de la calzada, con los coches a lo lejos, quietos y esperando a que el semáforo les diera su turno. Me reía para mí, sonreía, lo encontraba divertido. No la entendía, pero me gustaba la idea. Por primera vez, pensaba en hacer algo monumentalmente estúpido y, a un tiempo, extrañamente atractivo.

Supongo que, a eso, lo llaman locura. Yo prefiero llamarlo "intuición".

Quiero pararme en seco en mitad de la calle porque quiero hacerlo, nada más. Quiero ver cómo reaccionan los coches que se me echan encima. Quiero ver cómo actúan los peatones, o la policía, si hay algún agente por ahí cerca. Quiero saber qué hará la gente si ocurre algo completamente fuera de lo normal.

Claro está, siempre está la posibilidad de que me atropellen, pero, en una ciudad como Huesca, tan pequeña y poco conflictiva como es, y en una calle tan ancha y generalmente tan fluida y transitada como esa, es improbable (en el mejor de los casos) que me arrollen. Supongo que, amén de evitarles problemas a los conductores que tendrían que frenar y perder unos segundos preciosos que, lo reconozco, siempre faltan cuando decides coger el coche para "llegar a la hora", los segundos que te permiten alcanzar ese glorioso semáforo verde, lo hice para evitar el riesgo de accidente mortal.

Sin embargo, eso no es lo más importante de todo. Lo más importante de todo es que lo consideré con seriedad y con sincero interés. Lo que más me preocupa (y me sorprende) de todo esto es que hubo un momento en el que, con toda honestidad, sin cinismo, sin ninguna clase de confusión, me encontré pensando "y, si me quedo aquí, quieto, ¿qué harán esos conductores atosigados por la prisa y sus deberes cotidianos?"

Bueno, he aquí algo que nunca podré responder. No porque no pueda volver a intentarlo en el futuro, sino porque no estarán los mismos conductores. Una pena, pero cierto. Hay que ser estrictos con respecto a las condiciones de experimentación.

Ehem... claro está, hay que recordar que todo esto es irrelevante sin una buena risa psicótica, así que...

¡¡MWAAAAAHAHAHAHAHA-cough-cough-haha-cough...!!

(Dadme un poco de salbutamol, por piedad.)