lunes, 13 de abril de 2009

Epístolas · Al indeciso.

No es que no tengamos elección. La tenemos.

Pero nos falta convicción para afrontar lo que escogemos. Y, después, para combatir o aprovechar las consecuencias. En ocasiones, es mejor que no te percates ni siquiera de que esas consecuencias estaban ahí, si careces de la convicción, de la fuerza de voluntad, necesaria para enfrentarlas.

¿Crees que no tengo razón?

Conforme te das cuenta de lo molesto que es encontrar a gente, a personas, detrás de decisiones que te molestan, estás decidido a hacer que sus decisiones cambien. Pero eres tú quien es desplazado, tú eres la opinión que cede. Te doblas a las elecciones de otros. Y terminan decidiendo por tí.

Quien dijo que ser un junco flexible es mejor que ser un tronco duro y grueso pero quebradizo se equivocaba. Es mejor ser bambú. Duro Y flexible. Pero tú eres un junco. Si sopla el viento, le acompañas, si te acaricia la brisa, tiemblas, si el temporal te asedia, te dejas matar. Es la historia de tu vida.

¿Sabes qué te falta? Convicción.

Ese es tu mundo. Y si te dijera "¡tienes que cambiar y dejar de obedecer a todo lo que te dicen!", y lo hicieras, ¿habrías cambiado? Adoro las paradojas, pero esta en concreto no tiene ninguna gracia. Y, por desgracia, forma parte de tu mundo.

Estas condenado a ser obediente. Obediente al estado, obediente a tus ideales, obediente a las reglas, obediente a papá y a mamá, obediente a Hacienda, obediente a la moral, obediente a algo, a todos o a una sóla cosa, da igual, pero estas atado a algo, puesto que no tienes voluntad o iniciativa suficientes para librarte de ello, con lo que tienes que obedecer. Y no porque no quieras serlo, amigo mío, no; es sólo que eres quien quieres ser. Y ser quien eres conlleva, ¡oh, pesadilla!, ser obediente.

¿Quieres cambiar? Entonces, no te quejes. Levántate. Camina. Lucha, si es necesario. Estas no son instrucciones, son condiciones. Tienes que decidir qué hacer, qué conseguir. ¿O es que lo tienes claro?

En ambos casos, la decisión de qué hacer con tu vida, si es que quieres hacer algo con ella, está en tus manos. No, no quiero decir con esto que ignores al mundo que te rodea, que te conviertas en un ronin descabellado y decidas cortar cabezas a ambos lados; puedes seguir a alguien, puedes obedecer, si quieres, puedes aceptar lo que otros te digan... pero hazlo porque quieras hacerlo, porque decidas hacerlo. Tus elecciones son lo que te hace (y viceversa), pero eso no te convierte en una isla sin contacto con el resto del universo. Está en tus manos decidir a dónde y por qué (y con quien) quieres acudir. Y no te engañes. Tenemos elección. Sólo nos hace falta la convicción necesaria para que la elección cobre forma.

Caramba, Sartre estaría orgulloso de toda esta disertación. O tal vez no.

Sabiendo esto, las elecciones ya no deberían importarte. Ahora, te toca alcanzar la convicción.

Buena suerte, amigo mío.